
Una tecnología que produce harina de soja apta para consumo humano sin solventes ya funciona, pero solo a escala piloto. Argentina y Uruguay se proponen llevarla a escala industrial y al pan de todos los días.
En Tucumán, más de 170.000 niños y niñas reciben cada día un plato del sistema público de alimentación escolar. Lo que llega a ese plato depende de ingredientes accesibles y aceptados por quienes los comen. La soja podría aportar proteína de alta calidad, y el MERCOSUR concentra cerca del 50% de la producción mundial del grano, pero su uso en alimentación humana exige procesos que inactiven sus factores antinutricionales. Esa tecnología existe, está patentada y produce una harina de 40% a 48% de proteína sin recurrir a solventes orgánicos; con ella se elaboraron tortillas que alcanzaron un 92% de satisfacción entre escolares de nivel primario. El obstáculo ya no es demostrar que funciona: la producción no supera las cinco toneladas al año, muy lejos de lo que un comedor escolar necesita.
Una planta industrial en Tucumán, formulaciones validadas en Uruguay
El proyecto convierte la planta piloto en una unidad productiva industrial en Tucumán, con corridas progresivas que ajustan temperatura, humedad, tiempo de residencia, presión y caudal hasta alcanzar unas 30 toneladas semanales de harina. Un gobierno local aporta el predio, la infraestructura y el personal operativo, y las cooperativas de la zona el abastecimiento de grano, de modo que la inversión inicial no recae sobre una empresa que todavía no existe. En paralelo, en Uruguay se desarrollan y validan las formulaciones que darán uso a esa harina, usando el pan francés como matriz de comparación. Las dos operaciones se sostienen mutuamente: sin escala no hay alimento, y sin alimento validado no hay mercado que sostenga la escala.
El grano de soja contiene proteína de alta calidad y también factores antinutricionales que impiden consumirlo sin tratamiento. La industria los resuelve habitualmente con hexano, un solvente que deja residuos peligrosos y exige controles de exposición para quienes operan la planta. El proceso que escala este proyecto no usa ninguno: la extrusión térmica inactiva esos factores, el prensado mecánico separa el aceite y el enfriado y la molienda entregan una harina de 40% a 48% de proteína apta para consumo humano. Al no depender de una instalación química, la línea admite una escala modular y puede instalarse cerca de las zonas de cultivo, lo que acorta el transporte del grano. Esa harina se mezcla luego con harina de quinoa en proporciones que se ajustan en laboratorio midiendo absorción de agua, tiempos de amasado y fermentación y propiedades reológicas de la masa, hasta obtener un pan con al menos un 30% más de proteína que el convencional y una aceptabilidad sensorial igual o superior al 85%.
La planta industrial quedará instalada, operativa y validada técnicamente, con capacidad para producir hasta 30 toneladas semanales de harina de soja sin solventes, del orden de 1.500 toneladas anuales, frente a las cinco toneladas anuales de la escala piloto. La harina se caracterizará por composición proximal, fibra dietaria, actividad ureásica, factores antinutricionales, parámetros microbiológicos y variabilidad entre lotes, y el proceso por consumo energético por tonelada, generación de residuos y un Análisis de Ciclo de Vida preliminar que fijará su huella de carbono. Se prevén cuatro formulaciones de harinas de soja y quinoa desarrolladas en laboratorio y validadas después a escala semi-industrial, con un incremento mínimo del 30% de proteína respecto del pan tradicional y una aceptabilidad igual o superior al 85%. El proyecto contempla además nueve productos de conocimiento y la capacitación de 40 a 60 profesionales, técnicos y operarios de ambos países.